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La imposición de la cultura progresista estadounidense es contraproducente

La desastrosamente ejecutada retirada de Afganistán ha dañado enormemente a Estados Unidos en muchas formas que persistirán por décadas. Un posible beneficio, sin embargo, será que los estadounidenses pierdan su apetito por la “construcción de naciones”. El mejor ejemplo de la falacia de que EE. UU. puede construir naciones es el actuar de la Agencia de EE. UU. para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés) en Afganistán y otras partes del mundo.

Invadimos Afganistán luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 porque los talibanes protegían a al-Qaeda. Con unos 110 oficiales de la CIA y 350 operativos de fuerzas especiales en coordinación con las fuerzas aéreas estadounidenses, removimos a los talibanes del poder en unos dos meses. No eliminamos a al-Qaeda entonces porque consideraciones políticas primaron sobre las operaciones.

La misión era proteger a EE. UU. de que Afganistán sea usada como una base para el terrorismo. Podríamos haber logrado esto sin intentar rehacer Afganistán a imagen y semejanza nuestra. Las personas que derrotaron a los talibanes sabían esto, pero los burócratas y los políticos que reflejan la ignorancia y la arrogancia de la cultura estadounidense ganaron la pulseada.

La USAID asegura que “construye confianza entre ciudadanos y Gobierno, preparando el camino para un Afganistán más pacífico, próspero y autosuficiente”. La sección sobre Afganistán de su página web tiene títulos como “Apoyo al proceso electoral, el Estado de derecho y la reducción de la corrupción”. Estas palabras altisonantes no significan nada en un país mayormente analfabeto. Los operativos de la CIA dieron a los caudillos locales $10 millones en efectivo para derrotar a los talibanes.

La USAID dice que “la igualdad entre géneros y el empoderamiento de las mujeres están en el centro de nuestro trabajo”. Intente decirle eso a los afganos. Según una encuesta de Pew de 2013, cuando los talibanes no estaban en el poder, el 99% de los habitantes querían que la sharía sea la ley del territorio. Aunque hay debates entre estudiosos de la religión, en muchos países musulmanes el testimonio de una mujer vale la mitad del de un hombre.

En Guatemala, donde he vivido por casi 50 años, la USAID no solo se impone culturalmente sino que apoya a subversivos que tratan de imponer una dictadura socialista. En la sección de Guatemala de su página web, la USAID afirma que “ayuda a desarrollar la capacidad técnica y de defensa de las organizaciones LGBTI locales”. Considerando que casi el 90% de los guatemaltecos se opone al matrimonio homosexual (y al aborto), la USAID está en conflicto directo con la cultura de Guatemala.

Los guatemaltecos observan con asombro y desagrado las políticas de género en EE. UU. Los movimientos “progresistas” niegan a las mujeres sus propios baños, duchas y vestidores. En Guatemala, no existe el problema de la autoidentificación; hay dos géneros—masculino y femenino—y los guatemaltecos no quieren la imposición de valores extranjeros. Probablemente, los afganos y la gente de otros países sienten lo mismo.

La USAID apoya financieramente al grupo guatemalteco 48 Cantones de Totonicapán. En 2012, 48 Cantones bloqueó una carretera principal en Guatemala para protestar contra el Gobierno, el cual intentó aplicar la ley y liberar la vía. Se desató la violencia, y seis personas murieron.

La entonces fiscal general, colocada en el cargo por las acciones criminales de la administración de Obama, imputó por ejecución extrajudicial al coronel del Ejército y a sus tropas enviadas para apoyar a la Policía. Los jueces a cargo del caso mantuvieron al coronel en prisión preventiva por seis años, porque los hechos no mostraban ninguna mala conducta por parte del Ejército. En un intento de pintar como víctimas a quienes bloquearon la vía, un comandante guerrillero del conflicto armado de Guatemala (1960-1996) afirmó en una reunión de 48 Cantones que esa era la primera masacre de la era democrática del país.

La ayuda de los contribuyentes estadounidenses a 48 Cantones continuó como si nada. Brian Keane, un asesor de la USAID sobre pueblos indígenas, dijo en 2019 que 48 Cantones era un “caso de éxito” del involucramiento de grupos indígenas para promover la equidad. Este mes, 48 Cantones volvió a bloquear vías por razones políticas; están exigiendo las renuncias del presidente Alejandro Giammmattei y de la fiscal general Consuelo Porras.

Como vicepresidente en 2015, Joe Biden aprovechó la ayuda de EE. UU. para controlar la persecución criminal de Guatemala. En 2016, la embajada de EE. UU. forzó criminalmente a que su aliado esté en la corte de último recurso de Guatemala. Por cinco años, estos peones de EE. UU. dañaron enormemente a Guatemala a través de fallos judiciales ilegales y crímenes de persecución que favorecieron a los sucesores de las guerrillas apoyadas por Fidel Castro.

A medida que fenecía el mandato de la corte de Biden en abril, las autoridades de Guatemala resistieron a la presión de EE. UU. para nombrar al mismo tipo de magistrados criminales. En julio, Porras despidió al último vestigio del control de la embajada, el fiscal Juan Francisco Sandoval. A pesar de sus antecedentes públicos de criminalidad, la administradora de la USAID, Samantha Power, salió a defender a Sandoval. El asesor principal de Power, Mark Feierstein, también lo hizo.

Tras perder el control de las cortes y de la Fiscalía, el Departamento de Estado y la USAID ahora abiertamente lideran el intento de imponer el socialismo en Guatemala. El retorno de las acciones criminales de 48 Cantones, receptor de la ayuda de EE. UU., es parte de la agenda de la embajada y USAID para derrocar a Giammattei y a Porras.

Los receptores de ayuda de la USAID no representan a los pueblos indígenas. Son organizaciones colectivistas que promueven la agenda socialista y valores sociales que van en contra de las tradiciones de Guatemala.

Tal vez el manejo desastroso de la retirada de Afganistán llevará a prestar más atención a la falacia de la “construcción de naciones” y el daño que nuestra agencia de imperialismo cultural, la USAID, ocasiona tanto a EE. UU. como a los países blanco. Podemos evitar este daño y la trampa de la arrogancia y el paternalismo mediante la abolición de la USAID. Las demás naciones podrán entonces decir a una nueva agencia de ayuda cómo podemos ayudarles según criterios establecidos.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en BizPac Review.

Steven Hecht
Steven Hecht

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